Pensar la muerte
Hace varios días que tenía ganas de sentarme a escribir este texto. Hablaba por mensajes con un grupo de grandes amigos, a inicios de semana y, de un pronto a otro, uno de ellos dijo algo que todos sentíamos: que últimamente todos estábamos pensando más en la muerte.
Tenía muchísima razón.
La pandemia del COVID-19 — palabras nefastas que ya son una muletilla inevitable dentro de todas y cada una de las cosas que escribo— puso la muerte en la cabeza de todos, y en una repetición tan constante y tan cansada que, al menos en mi caso, me ha hecho sentirme más viejo, desgastado y vulnerable de lo que debería cualquier persona de 25 años.
No es placentero pensar en la muerte.
La repetición de las sirenas de ambulancias (que no dejan de sonar en la zona donde vivo), el miedo de perder a un ser querido y el peligro constante de, uno también, perder la vida son cargas muy pesadas.
En tiempos normales las disfrazamos de preocupaciones postergables, pero el coronavirus nos ha llegado como una especie de sentencia. Está ahí todos los días, en todos los sitios, como un aviso.
Entonces quise escribir sobre este sentimiento.
Días más tarde, en otra conversación, volvió a aparecer el tema.
Y por fin puse en palabras lo que pienso sobre la muerte. Fue, palabras más palabras menos, lo que intento transcribir en este sitio.
“Yo preferiría estar vivo”, le escuché decir recientemente a Don Francisco en una entrevista. Aquel viejo presentador que aparecía en la tele y que, según dice, todavía no quiere retirarse.
Yo tampoco quiero retirarme.
Si pudiera frenar la muerte para siempre, lo haría. Preferiría vivir mil años como una bolsa arrugada de huesos que no hacerlo; pero siempre que me acuesto por la noche, cuando me voy a dormir, también pienso que más o menos eso debe ser la muerte.
Dormir se me ha hecho casi una especie extraña de ensayo para “más tarde”.
Quizás lo pienso así como una forma de asimilar que — aún renegándola con todo lo que puedo — la inconsciencia de la muerte también es parte de la vida y que tampoco debe ser tan mala.
¿Entonces qué con este texto?
Aceptando la muerte como algo inevitable, lo único que quería dejar escrito es que, de tanto pensar en la muerte, llegué a la conclusión de que mi único gran problema sobre la muerte es dejar de vivir la vida que tengo; y que ese, permítanme la imprudencia, es un descubrimiento hermoso en medio de tanta cosa nefasta.
Mi único gran terror de morir es dejar de vivir la vida que he vivido, y eso que ni siquiera he tenido una vida extravagante o llena de lujos.
Lo pensé bastante para escribir este texto, porque soy bastante supersticioso.
— ¿Se imaginan que horrible sería escribir este texto y morirme pronto? (O incluso peor. Irme sin ver la final de Saprissa… de solo pensarlo me pongo mal).
Pero también pensé en que este descubrimiento tan perfecto tenía que ser dicho.
He vivido una vida tan plena que — ojalá a falta de mucho tiempo — me siento lleno.
Esta pandemia me ha dejado la calma de un señor viejo.
Recuerdo mucho a mi abuela, que siempre me habló de la muerte como de cualquier pendiente molesto pero insignificante. Tanta paz viene únicamente de aprender a apreciar y a intentar controlar lo que realmente podemos.
También decidí escribir este texto porque, quizás, de una u otra forma, también es una excusa para de decirle a la gente que me rodea y que me quiere que les debo tanta plenitud. Que si me he sentido amado y lleno es por su culpa.
Hay confesiones, supongo, que deben hacerse a tiempo. Y esta es una. A tiempo de que las lean las personas que deben leerlas y a tiempo de que las escriba uno para que los otros las lean.
Las memorias y los sentimientos que guardo justifican ya mi vida, y qué mejor que eso. Les deseo exactamente lo mismo.
“Había querido y lo habían querido (…) dejaría una huella en el mundo” — Joël Dicker.
Josué.