Los libros que abandono en la sala

Josué Alfaro
3 min readMay 26, 2022

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Una foto de mi papá, conmigo, en algún momento de su paternidad.

Hace solo unos meses estaba en un centro comercial y, como casi siempre que paso a la Librería Internacional, salí de ahí con un nuevo libro. Nunca me ha salido muy bien eso de ver y no comprar en las librerías, y me llevé El libro de los Baltimore, de Joël Dicker.

Esa tarde estaba con mi papá y él — que usualmente rehúye de pasar a las tiendas y prefiere caminar hasta cansarse mientras nosotros andamos por entre ellas— se ofreció a tomar mi bolsa plástica amarilla, mientras “yo seguía con lo mío”.

Mi papá no es (o no era) un gran lector hasta ese momento. Al menos no más allá de los periódicos, que cada vez ofrecen un uso más pobre de las herramientas literarias y que, obligados por la inmediatez, acusan una falta de edición cada vez más evidente.

Por eso me resultó una enorme sorpresa verlo sentado, apenas unos minutos más tarde, en uno de esos sillones que colocan fuera de las tiendas de ropa, acabándose el primer capítulo de mi libro.

Era una novela policial y lo enganchó.

No sé si todos, pero seguramente la mayoría de nosotros recordemos (si leemos por placer) ese primer enganche mágico con la literatura. Ese enganche que ocurrió solo hasta que encontramos esa lectura, nuestra lectura.

***

Minutos después mi papá me devolvió el libro. Lo dejó de leer y me lo entregó inmediatamente. Ni siquiera intenté convencerlo de lo contrario, porque sabía perfectamente que era un caso perdido.

Mi papá es el principal practicante dentro de mi vida de ese amor en forma de negación personal tan propio de muchos de nuestros padres, que seguramente aprendieron a vivirlo y a practicarlo en sus juventudes de escasez.

Entonces mi solución fue más sencilla.

Una o dos semanas más tarde, cuando visité la casa de mis padres de nuevo, dejé un libro abandonado en la sala, justo a la par de la pila de juegos de sudoku que mi papá practica fielmente.

Los últimos días de mis padres, también de Joël Dicker.

***

Por supuesto que seleccioné ese libro como un anzuelo. A fin de cuentas, era el mismo autor.

Además, fue uno de los mejores libros que leí durante la pandemia.

Pero también lo elegí para aprovechar el momento y dar un mensaje.

Los últimos días de nuestros padres está plagado de referencias sobre la relación de un padre y un hijo, y viceversa. Una relación incondicional en años de guerra, hasta el máximo comprensible, pero poco dialogada.

“Papá, padre querido; cuánto amaba a su padre, aunque no se lo hubiera dicho nunca”, decía una frase que marqué en amarillo dentro del texto, como hago siempre con cada libro, cuando encuentro algún segmento que me interpela.

***

Mi papá, como la mayoría de señores de su edad, es una persona algo tosca. Un hombre cariñoso, pero de esos que abrazan más que todo cuando se comparte la alegría de un gol o en momentos de extrema tristeza. Un hijo del medio de una familia numerosa, de campo, nacido hacia el cierre de los años 50.

Y yo, por otro lado, soy un hijo de todo eso (pero con más herramientas).

Desde entonces mi papá no ha dejado de leer los libros que abandono en la sala de su casa. Es maravilloso el suspenso de la lectura de policiales y en eso coincidimos ahora. Son libros que cuentan sus verdades hasta el final, sin decir mucho de manera directa y más bien a partir de pistas ocultas.

Ya van unos seis o siete libros hasta ahora. A veces le aviso que los puse sobre la mesa y a veces solo los dejo tirados.

Pero el avance de los separadores no se detiene.

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Written by Josué Alfaro

A veces siento que necesito decir algo.

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